jueves, 5 de julio de 2012

Con el agua que nos está cayendo

Desde Entorno Los Molinos, reproducimos este artículo para seguir reflexionando y no perder oportunidades para influir activamente en foros y despachos... 

 


Alfonso Puncel | Doctor en Geografía

nuevatribuna.es | 04 Julio 2012 - 12:00 h.




Ahora, los medios de comunicación, tertulias y tertulianos se llenan de artículos de opinión y noticias sobre los incendios valencianos porque son evidentes y nadie quiere quedarse sin decir la suya, pero los montes ya han ardido y no tiene remedio a corto plazo. Es lo que pasa cuando se aplica un pensamiento lineal a las cosas; existe un problema y en medio del problema buscamos la solución. A todas luces, mal consejo.

Por ese motivo escribo este artículo hablando del agua. Ya sé que no ha habido riadas desde hace años en Valencia, pero sí lluvia torrencial la más reciente la de noviembre de 2011 con lluvias que sumaron los 210 litros por metro cuadrado en 24 horas. Pero también pasó en 2009 y antes durante muchos otros años.

Insistir a estas alturas sobre nuestro particular clima es redundante y además, doctores tiene la iglesia, aunque parece que los actuales gestores de evitar los riesgos que estas condiciones pueden producir, no les hacen mucho caso. Pero que vendrán, seguro que vendrán más lluvias en otoño. Y de la misma forma que todo el mundo sabe que los incendios se apagan en invierno, buena parte de los efectos devastadores de las lluvias se resuelven en la época seca.

Poner remedio a los desastres de los incendios es urgente pero se ha de compaginar con medidas urgentísimas que impidan efectos desastrosos de las próximas lluvias, porque precisamente son los incendios los que provocarán mayores efectos. Si cae la mitad de agua de la que cayó el año pasado en las montañas que han ardido estos días supondrá que se pierda suelo, se colmaten de sedimentos y resto quemados torrentes, ríos y pantanos, se impida la regeneración del bosque por falta de suelo e incluso la pérdida de más masa forestal arrastrada por el agua, se limite la acumulación de agua en los acuíferos subterráneos por incremento de la escorrentía superficial, la llegada de material quemado a la costa con las consecuencias sobre la biodiversidad y un sin fin de efectos no tan evidentes como un árbol quemado. Todo esto ya pasó en Galicia el año pasado.

Los montes se han quemado. Nadie pudo devolver la vida a las víctimas que en ellos se produjeron, ni recuperar los bosques de más de treinta años a corto plazo, ni la rica y variopinta flora y fauna salvaje destruida por el fuego. Y también se quemaron colmenas y galpones y cobertizos y establos, cuadras y gallineros, apagados los incendios, el monte siguió quemado y lo destruido, destruido. Pero no se acabó lo destruido con la extinción del fuego.

Con el otoño llegaran las lluvias y las nefastas consecuencias de los incendios se agravaran tremendamente, ya que al caer sobre el monte quemado, las aguas erosionaron los suelos de inmediato y se precipitaron torrencialmente desbordando cualquier cauce y originándose riadas e inundaciones de enorme gravedad. Volverán a producirse víctimas mortales y heridos; volverá la destrucción de infraestructuras públicas y privadas, numerosas viviendas y vehículos.

Esta será la segunda parte de una catástrofe de bastantes peores consecuencias, también ecológicas y humanas, que la de los propios incendios. Y entonces todo el mundo escribirá sobre el agua, cuando de lo que habría que hablar en otoño es de cómo evitar los incendios del año siguiente.

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